A diferencia de las vacunas modernas, que suelen aplicarse con jeringas de una sola aguja, la vacuna contra la viruela se suministraba mediante una aguja bifurcada, diseñada para realizar múltiples punciones en la misma zona de la piel, generalmente entre 10 y 15. Este procedimiento provocaba una leve reacción en el área, que solía inflamarse y desarrollar una costra. Una vez curada, la zona dejaba como resultado una cicatriz circular y deprimida, que con el tiempo se convirtió en una característica reconocible para toda una generación.
El uso masivo de esta vacuna fue discontinuado entre los años 1972 y 1980, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la viruela había sido oficialmente erradicada. Gracias a esa decisión histórica, hoy el virus que causaba esta enfermedad ha desaparecido por completo en la naturaleza. Desde entonces, la vacuna solo se aplica en casos muy específicos, como a ciertos trabajadores de laboratorio o personal militar que podría estar expuesto a versiones manipuladas del virus.
