La pérdida de la independencia se produce sin fanfarrias.

Al principio, hay una sensación de alivio. Se acabó cocinar, limpiar o lidiar con imprevistos. Luego, imperceptiblemente, las decisiones ya no nos pertenecen. Los horarios impuestos marcan el ritmo de los días, los menús están predeterminados y las salidas, estructuradas. Lo que parecía comodidad se convierte gradualmente en una dependencia silenciosa. Los pequeños gestos que daban sentido a la vida cotidiana —preparar café, regar las plantas, decidir los planes— desaparecen casi sin darnos cuenta. Es a menudo en este punto cuando empieza a surgir la cuestión de la pérdida de libertad en una residencia de ancianos .
La soledad puede ser más pesada que el silencio de la casa.
Contrariamente a la creencia popular, estar rodeado de gente no significa necesariamente sentirse menos solo. Al principio, las visitas familiares son frecuentes y las llamadas telefónicas, regulares. Luego, la vida en el exterior retoma su curso. Las visitas se vuelven menos frecuentes y las promesas se posponen. La residencia es animada, sin duda, pero la sensación de esperar a alguien que nunca llega puede volverse agobiante. Hay una gran diferencia entre estar acompañado y sentirse verdaderamente conectado con los demás.
