Por eso hay mensajes que parecen venir con una carga particular: un ancestro que protege, una abuela que insiste en “cumplir lo que prometió”, o una presencia amorosa que aparece en el momento exacto para evitar que alguien se rinda.
No se plantea como una regla rígida, sino como una advertencia espiritual: habla con conciencia, sobre todo cuando prometes “para siempre”.
El duelo y lo que retiene: cuando la culpa no deja partir
Hay experiencias más pesadas: espíritus que “no están en paz”, no por castigo, sino por enredos emocionales humanos. En esta visión, algo clave es que el dolor no resuelto del vivo puede mantener un vínculo atascado: culpa, rencor, obsesión, necesidad de respuestas.
Cuando una persona queda atrapada en la idea de “yo fui responsable”, puede sostener un lazo que no libera ni al que partió ni al que se quedó. Y la recomendación más sensata en esos casos no es “hacer rituales” sin parar, sino algo más humano y directo: procesar el duelo, trabajar la culpa, pedir ayuda terapéutica si hace falta, y soltar.
