Así es la enfermedad que se activa cuando el sistema inmunológico se debilita… Ver más

Uno de los aspectos más característicos del herpes zóster es que no aparece de forma repentina sin señales previas. En muchos casos, los primeros síntomas son inespecíficos y pueden confundirse con otros problemas de salud. Dolor localizado, sensación de ardor, hormigueo o hipersensibilidad en una zona específica del cuerpo suelen ser las primeras advertencias. Estas molestias pueden aparecer días antes de que surjan las manifestaciones visibles, lo que dificulta un diagnóstico temprano si no se presta atención.

Con el paso de los días, suele aparecer una erupción cutánea localizada, generalmente en un solo lado del cuerpo. Este patrón no es casual: el virus se reactiva a lo largo de un nervio específico, lo que explica por qué las lesiones siguen una distribución definida y no se extienden de manera generalizada. Aunque el aspecto externo llama la atención, los especialistas destacan que el dolor asociado puede ser el síntoma más intenso y persistente.

En la mayoría de los casos, el herpes zóster evoluciona favorablemente con tratamiento médico adecuado. Los antivirales, cuando se administran en las primeras 72 horas desde el inicio de los síntomas, pueden reducir la duración del cuadro y disminuir el riesgo de complicaciones. Sin embargo, cuando el diagnóstico se retrasa, puede aparecer una de las secuelas más temidas: la neuralgia posherpética, un dolor persistente que puede durar meses o incluso años después de que la erupción desaparece.

Este dolor crónico no solo afecta la calidad de vida, sino también el bienestar emocional. Personas que lo padecen describen una sensación constante de ardor o punzadas que interfieren con el sueño, el descanso y las actividades cotidianas. Por esta razón, los médicos insisten en la importancia de no minimizar los síntomas iniciales y consultar de inmediato ante cualquier sospecha.