Pero a medida que se acerca el amanecer, los ciclos cambian.
El sueño se vuelve más ligero, más inestable y, por lo tanto, más susceptible a perturbaciones.
Es precisamente entre las 3 y las 4 de la madrugada cuando la mayoría de las personas que duermen entran en esta fase delicada.
Un ruido leve, un movimiento de la pareja, un cambio de temperatura o una señal corporal interna pueden ser suficientes para despertar.
Así que no estás soñando: estas horas corresponden a una ventana biológica donde el sueño es intermitente.
Estrés y ansiedad: los verdaderos disruptores de la madrugada

El estrés es una de las causas más comunes de los despertares nocturnos. Cuando el entorno se vuelve completamente silencioso y ningún estímulo capta nuestra atención, los pensamientos cotidianos —preocupaciones, tensión acumulada, carga mental— resurgen.
